Cuando estaba a punto de irme sin despedirme, y ya me habían animado a que lo hiciera, se activó el imán de siempre y fui dispuesta a darte un adiós frío y seco, de aquellos de dos besos. Pero me encontré de bruces con la sorpresa que me tenías preparada: un abrazo infinito que me salvó la vida, esa que se nos había acabado hacía un rato.
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